- Las manos que la tocaron no eran de músico: eran manos de tierra. Mientras la guitarra dejaba escapar los primeros acordes en Chaparral, cientos de campesinos aguardaban su turno para recibir algo que durante años pareció lejano. En esa misma jornada, el gobierno de Gustavo Petro oficializaba la entrega de más de 82.500 hectáreas a comunidades rurales del sur del Tolima.
- Raúl Ríos, campesino de 54 años, ha dedicado su vida a cultivar café, cacao y aguacate en las montañas del sur del Tolima. Como él, miles de familias campesinas del territorio avanzan hoy hacia el reconocimiento de sus derechos sobre la tierra y la permanencia digna en el campo.
- La Zona de Reserva Campesina “Chaparral, Tierra, Vida y Paz” abarca más de 82.500 hectáreas y beneficia a 4.930 familias de 88 veredas en los municipios de Ataco, Chaparral, Rioblanco y Planadas, fortaleciendo la permanencia campesina y el desarrollo rural.
Chaparral, Tolima. 06 de febrero 2026. @AgenciaTierras.
La última vez que me sacaron de casa fue hace años. No recuerdo exactamente cuándo. Solo sé que desde entonces he vivido colgada en una pared, mirando cómo el polvo se posa con paciencia sobre mis hombros de madera vieja. No me quejo. Me han cuidado bien. Tuvimos buenos momentos cuando no funcionaba la radio. Estoy un poco desgastada, sí, pero mis cuerdas todavía saben temblar cuando las llaman.
Soy una guitarra campesina. No nací para los teatros, sino para los patios de las casas, uno que otro parque, alguna fiesta familiar y la compañía de un hombre que, por decisión, es solitario. Así es Raul, un líder campesino de 54 años.
Mi dueño no estudió música. Sus manos no aprendieron en conservatorios: es empírico. Aprendió viendo a otros músicos, alimentado por la curiosidad y el gusto por la música. Esas manos —anchas, limpias, aunque en algunas uñas guardan el rastro de la tierra que trabaja— cultivan café, cacao y aguacate en el sur del Tolima. Cuando me toca, no usa plectro fino ni accesorio comprado: improvisa una plumilla con lo que tenga a mano o simplemente deja que sus uñas, endurecidas por el trabajo, rocen mis cuerdas con la naturalidad que solo un maestro en música se atrevería a hacerlo.
Hace unos días me bajó de la pared. Me limpió con un trapo, sopló el polvo que se había quedado entre mis clavijas y me guardó con cuidado mientras tarareaba canciones que no conocía. Pensé que iríamos al pueblo por algún arreglo, que tal vez una cuerda necesitaba cambio o que mis trastes pedían ajuste. Pero no. El viaje no era por mí. Era por él.
El camino hasta el casco urbano fue distinto esta vez. Madrugamos. Tocó caminar y, para nuestra suerte, hizo buen clima y nos esperaba transporte. Había una agitación que no reconocía. Cuando por fin salí de mi estuche, el aire estaba cargado de voces, pasos y ruido. Tardé unos segundos en entender dónde estaba: el Coliseo Pijao de Oro de Chaparral.
Yo, que había dormido años en silencio, solo con el despertar de la lluvia, el canto de los gallos y uno que otro despertador ruidoso, sentí que el mundo se había vuelto estruendo y esperanza al mismo tiempo. Mi dueño, Raúl Ríos, me sostuvo con firmeza. Aunque yo noté que estaba nervioso, pues lo estaban grabando y había cámaras a su alrededor. Sus manos temblaban apenas. No iba a tocar en una fiesta patronal ni en una reunión familiar. Estaba allí porque su historia, como la de muchos otros, había cambiado de rumbo.
Comenzó despacio. Probó un acorde, luego otro. Y, de pronto, casi sin anunciarlo, dejó que mis cuerdas pronunciaran una melodía conocida: “Paloma Blanca”, del llanero Reynaldo Armas. Pero no sonó a sabana abierta, sino a montaña. La adaptó al pulso campesino de su tierra: más íntimo, más cercano, muy tolimense. Los nervios se desvanecieron ante las miradas, y yo sabía que vendrían más canciones y que no cantaría solo, como en su canción favorita del Trío América, “El camino de la vida”.
Las personas se acercaron. No todos sabían quién era él, pero veían algo en esas manos marcadas por la siembra: las mismas manos que abren huecos para sembrar café, que podan el cacao, que cargan aguacates desde la vereda Barrialosa hasta la carretera del corregimiento “El Limón”. Ahora me arrancaban acordes con una delicadeza que no se aprende en libros o en la academia.
No tuvimos la fortuna de subir juntos a la tarima principal. Desde abajo miré cómo avanzaba el acto oficial. Allí estaba el presidente Gustavo Petro; a unos metros, aquel sujeto que oíamos en la radio o la televisión en sus alocuciones. Pero, aunque no estuve bajo las luces, sentí que cada nota que solté viajaba hasta donde hacía falta, en medio de la multitud de más de cuatro mil personas.
Cuando nombraron a Raúl Ríos para hablar en tarima, entendí por qué me habían desempolvado. Subió, sin mí. Yo quedé en manos de un curioso que me cuidaba como si fuera una reliquia. Desde allí lo vi agradecer, sin guión, sin preparación, al presidente y a los demás miembros de la mesa. No hablaba un político. Hablaba un hombre que por años trabajó una tierra que no llevaba su nombre en papeles, aunque sí en el corazón.
Regresó a mí después, con una sonrisa distinta. Ahora, Raúl tendrá una nueva anécdota que contar y cantar. Está feliz y motivado, ya que hace parte de la nueva Zona de Reserva Campesina “Chaparral, Tierra, Vida y Paz”, de más de 82.500 hectáreas para comunidades rurales, que beneficiará a 4.930 familias de 88 veredas de Ataco, Chaparral, Rioblanco y Planadas. Y espero estar lista para cuando quiera crear una canción.
Yo he sido testigo de sus silencios, de las noches sin certeza, del miedo que alguna vez rondó estas tierras, cicatrizadas por el conflicto. Por eso, cuando volvió a tocar “Paloma Blanca”, ya no sonó a nostalgia, sino a algo más firme: a permanencia, a paz.
Soy una guitarra vieja, algo desgastada, pero conservada con esmero.
He viajado del polvo de una pared al bullicio de un coliseo. No para un concierto, no para fama, sino para acompañar el momento en que un campesino recibió, por fin, el título de la tierra que siempre trabajó.
Y entendí, mientras mis cuerdas vibraban, que a veces la paz no entra con discursos. A veces llega con manos llenas de tierra… y se queda afinada en madera humilde que vuelve a cantar.